Todo empezó un caluroso verano de 2018 cuando decidí apuntarme a clases de costura con la esperanza de ser capaz algún día de coserme la ropa que me imaginaba puesta y me quedaba estupenda pero que después no encontraba en las tiendas. Empecé desde cero, mejor dicho, desde menos cincuenta, no sabía ni enhebrar una aguja, de hecho, no sabía que meter el hilo dentro de una aguja se decía así. La verdad es que cogí las clases con muchas ganas, no sólo por ver terminados mis pequeños proyectillos, sino porque el mero hecho de coser me llevaba a un nivel de relajación y desconexión que no había llegado a conseguir jamás. Especialmente me gustaba elegir los tejidos que iba a usar, tocarlos, imaginarlos, podría pasar horas buscando y rebuscando. Hace unos meses decidí llevar mi afición al siguiente nivel y… ¡aquí estamos!
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